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Los centros educativos españoles se caracterizan por el alto índice de mujeres que trabajan en ellos. De hecho, se reconoce que la docencia no universitaria es una profesión feminizada. Sin embargo, los datos demuestran que el porcentaje de hombres es superior en los puestos de dirección de escuelas e institutos. El estudio de las razones por las cuáles ocurre esto, ha sido el objetivo de dos investigaciones llevadas por el grupo de investigación Investigación Educativa y Justicia Social de Unileon, cuyo responsable es Enrique Javier Díez Gutiérrez.

La primera investigación, titulada La cultura de género en las organizaciones educativas, financiada por el Ministerio de Sanidad en el marco del Plan Nacional de I+D+i, se complementó con la segunda, denominada Acceso de la mujer a los puestos de dirección en las organizaciones educativas, que fue financiada por la Junta de Castilla y León, dentro del Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación.

Se llevaron a cabo 58 observaciones en centros educativos, a través de un acompañamiento de directoras en ejercicio, y se realizaron 60 entrevistas y 16 relatos autobiográficos a directoras e inspectoras de educación, con cargos significativos. Se aplicaron cuestionarios a 2.022 profesoras y a 752 directoras y directores. Igualmente se realizaron 14 grupos de discusión con directoras, directores y profesoras.

Se pretendía delimitar las causas por las que acaban concentrándose en la base de la “pirámide” y no es tan difícil que “rompan el techo de cristal” también en educación.

Los resultados muestran que la primera razón de ello es histórica, social y cultural. La función de la mujer ha estado reducida de forma tradicional al ámbito de lo domestico y privado, y por ello cuando se propone acceder a un cargo de dirección en el ámbito profesional se encuentra con poco apoyo por parte del entorno más próximo familiar y del propio entorno profesional.

Una segunda razón está relacionada con el modelo de dirección y liderazgo en las organizaciones escolares, que sigue ligado todavía a un  enfoque de tipo jerárquico e individualista, vinculado a una visión tradicionalmente masculina del poder. A lo cual, se añadía, una tercera razón, las expectativas. La mayor parte de las personas participantes daban por sentado que las mujeres lo harían peor que los hombres, pues “ellos están más acostumbrados y entrenados” a ejercer el poder. Y las profesoras explicitaban que “se presupone la valía superior del hombre”.

Lo cual tiene que ver con la cuarta razón: la mujer ha considerado que iba a ser menos respetada y valorada por sus subordinados que otros hombres en cargos directivos. Esto ha provocado que  la mujer se haya sentido más insegura para ejercer el liderazgo: “en general, sólo se valora el modelo masculino, mientras que la forma de las mujeres de ejercer el poder (más diálogo, atención a diferentes puntos de vista, negociación y consenso) es visto como un indicativo de debilidad e inseguridad”, como decía una profesora.

Una quinta razón es la falta de modelos de identificación de mujeres en el poder que sean referentes para otras mujeres, lo cual socializa en una visión de quién desempeña el poder y genera un “círculo vicioso” que lo mantiene. Que se añade a una sexta razón, relacionada con la creencia mayoritaria de que actualmente ya no hay discriminación por razón de género en los centros educativos, algo que contradice los datos.

Lo que nos llevó a concluir si sería posible otra educación más democrática y participativa si las mujeres ejercieran más la dirección y el poder en las organizaciones educativas.